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La PÁGINA de
N A D I E
De Javier Albillo





EL INTOXICADOR



Una vez, cuando era remotamente joven, fui a San Millán de la Cogolla y me inscribí en un tradicional concurso de contaminadores del lenguaje.
Era una mañana de Abril, glosada de nubarrones y claros. A los pies del atrio fuimos recibidos
por un hombre anciano, visiblemente cansado, que elaboró un pesado discurso de bienvenida.
Tal vez fue una impresión mía, pero en ese instante me pareció estar de más entre los aspirantes.
En las butacas se apretaban eminentes intoxicadores del lenguaje: periodistas de prestigio,
críticos deportivos, políticos de mirada torva y un racimo de maestros jubilados.
Ahora que lo pienso fue una experiencia inolvidable, pero aquella tarde hice un ridículo espantoso.
Cuando llegó mi turno arrojé desde la tarima mi nueva expresión: “Pienso de que el
lenguaje no es el soporte más adecuado para el pensamiento”.
Cayó a plomo el silencio, y luego el auditorio carcajeó al unísono, bajo la horma de una sola voz.
Tras las deliberaciones, y como era de esperar, fui apartado del concurso, por el contrario disfruté de una copiosa cena junto a don Ramón Menéndez Pidal y un conocido tertuliano radiofónico que se jactaba de haber sido el primero en exterminar la incómoda ‘d’ de los participios.
Tras aquel fiasco volví a casa, sumamente decepcionado por mi fracaso, y me encerré en mi cuarto durante horas para depurar mi estilo frente al televisor y la prensa.
Con el tiempo he ido obviando las sucesivas convocatorias de tan prestigioso certamen, tal vez estimulado por el rencor de aquel fiasco, tal vez porque no ha sido necesario certificar con su premio mi condición de contaminador del lenguaje.
A día de hoy aún llegan a la redacción crónicas preñadas de alarmantes dequeismos. Evidentemente los dejo pasar por alto. Dirijo un equipo de cuatro correctores que apenas pueden disimular su perplejidad frente a esta licencia. Ellos no lo saben, pero debo velar por mi aportación, en estos casos nace un orgullo fundacional en mí, un gozo similar al que debe experimentar una madre cada vez que su pequeño parlante alumbra una palabra más.


Javier Albillo Candelas



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